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En el mundo actual, la división parece estar en todas partes. Ya sea en la política, en las relaciones personales o incluso en la iglesia, parece que cada vez es más difícil encontrar la unidad y la armonía que tanto necesitamos. En este artículo, exploraremos las causas de la división en la iglesia y cómo podemos sanar después de que se haya producido. A lo largo de la historia, la iglesia ha pasado por momentos de división y separación, y es importante comprender las razones detrás de esto y cómo podemos abordar este problema de manera efectiva. La división en la iglesia puede tener un impacto significativo en nuestra relación con Dios y en el testimonio que ofrecemos al mundo, por lo que es vital que aprendamos cómo superar estos desafíos y buscar la unidad en Cristo.
Falta de perdón
La falta de perdón es una de las principales causas de división en la iglesia. Cuando nos aferramos a resentimientos y heridas pasadas, nos impide experimentar la plenitud del amor de Dios y nos separa de nuestros hermanos y hermanas en la fe. Es fácil caer en la tentación de guardar rencor, pero la Biblia nos enseña claramente sobre el poder y la importancia del perdón. Jesús nos dijo en Mateo 6:14-15: «Si ustedes perdonan a otros sus ofensas, su Padre celestial los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará las suyas». El perdón nos libera de la amargura y nos permite perseverar en la unidad y el amor.
Perdónate a ti mismo
A veces, la falta de perdón no solo se dirige hacia los demás, sino también hacia nosotros mismos. Podemos sentirnos culpables por decisiones pasadas o errores cometidos, y esto puede afectar nuestra relación con los demás miembros de la iglesia. Es importante recordar que todos somos pecadores y que el perdón de Dios es para todos nosotros. Acepta el perdón de Dios y perdónate a ti mismo, permitiendo que su gracia te fortalezca y te guíe hacia una relación más saludable con los demás.
Perdonar a los demás
Además de perdonarnos a nosotros mismos, también debemos perdonar a los demás. A veces, las personas en la iglesia cometen errores o nos hieren de alguna manera. Sin embargo, como seguidores de Cristo, debemos seguir su ejemplo y perdonar. El apóstol Pablo nos dice en Efesios 4:32: «Sean amables y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo». Al perdonar a los demás, estamos reflejando el amor de Dios y abriendo la puerta a la reconciliación y la unidad en la iglesia.
Tal vez te interesaClave para testificar a católicos: ¿cómo hacerlo?Manipulación
Otra causa común de división en la iglesia es la manipulación. Desafortunadamente, en algunas iglesias, los líderes o miembros pueden aprovecharse de su posición y manipular a otros para lograr sus propios objetivos o mantener el control. Esto puede crear un ambiente tóxico y divisivo, y alejar a las personas de la verdadera comunión y adoración a Dios.
Mantén la enseñanza de la Biblia como guía
Para evitar ser víctimas de la manipulación en la iglesia, es esencial que nos mantengamos firmes en la enseñanza de la Biblia. Como creyentes, debemos estudiar y conocer la Palabra de Dios, para poder discernir entre la verdad y las mentiras. La Biblia es nuestra guía y nos proporciona los principios y valores fundamentales que rigen nuestra fe. Permitir que la Palabra de Dios sea nuestra brújula nos ayudará a reconocer cuando se está produciendo manipulación y nos permitirá resistir y buscar la verdad en lugar de la división.
Búsqueda de líderes y comunidades saludables
Es importante buscar líderes y comunidades saludables en la iglesia. No todas las iglesias tienen problemas de manipulación, pero si has experimentado este tipo de comportamiento, no debes quedarte en silencio. Busca líderes y comunidades que sean transparentes, honestos y se basen en la verdad de la Palabra de Dios. Si encuentras una iglesia o grupo donde te sientas valorado, respetado y alentado a crecer en tu fe, estarás en un ambiente propicio para sanar y experimentar la unidad en la iglesia.
Orgullo
El orgullo es otra causa común de división en la iglesia. Cuando permitimos que el orgullo se apodere de nuestros corazones, nos volvemos egoístas y nos enfocamos en nuestros propios intereses en lugar de buscar el bienestar de los demás y el crecimiento de la iglesia. El orgullo nos impide reconocer nuestras propias faltas y nos lleva a señalar los errores y fallas de los demás.
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Practicar la humildad
La humildad es el antídoto para el orgullo. Cuando practicamos la humildad, reconocemos nuestra dependencia de Dios y reconocemos que todos somos pecadores necesitados de su gracia. El apóstol Pedro nos exhorta en 1 Pedro 5:5-6: «Todos ustedes, en cambio, deben vivir humildemente unos con otros, porque Dios se opone a los orgullosos, pero muestra su favor a los humildes. Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo».
No buscar nuestros propios intereses
En lugar de buscar nuestros propios intereses, debemos buscar el bienestar de los demás y el crecimiento de la iglesia. Jesús nos enseñó en Mateo 20:26-28: «El que quiera ser el primero, que sea el último, y el que quiera ser el más importante, que se haga servidor de ustedes. Así como el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos». Al adoptar una actitud de servicio y desinterés, estaremos construyendo puentes en lugar de barreras y promoviendo la unidad y la armonía en la iglesia.
Diferencias de opinión
Las diferencias de opinión son inevitables en la iglesia. Cada persona tiene experiencias, antecedentes y perspectivas únicas que influyen en su visión y en su forma de entender y aplicar la Biblia. Sin embargo, cuando estas diferencias de opinión no se manejan adecuadamente, pueden convertirse en fuentes de división y discordia en la iglesia.
Resolver desacuerdos de manera amorosa
En lugar de dejar que las diferencias de opinión nos dividan, debemos aprender a resolver los desacuerdos de manera amorosa. En Efesios 4:2-3, el apóstol Pablo nos alienta a ser «humildes y amables; sean comprensivos y sopórtense mutuamente con amor. Traten de conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz». Esto implica escuchar y respetar las opiniones de los demás, buscar el entendimiento mutuo y trabajar juntos para encontrar soluciones que reflejen los principios y valores de la Palabra de Dios. Cuando buscamos la unidad y la reconciliación en lugar de imponer nuestra propia opinión, estamos construyendo la iglesia de Cristo de una manera saludable y edificante.
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La presencia de personas no verdaderamente convertidas
La presencia de personas no verdaderamente convertidas en la iglesia también puede ser una fuente de división. Algunas personas pueden asistir a la iglesia por razones equivocadas, como el deseo de ser aceptadas por otros, o simplemente por inercia cultural. Estas personas pueden no tener una relación personal con Dios o un compromiso genuino con los principios y valores de la fe cristiana, lo que puede llevar a la discordia y la falta de unidad en la iglesia.
Amar y enseñar la verdad
Es importante amar y recibir a todas las personas en la iglesia, sin importar su estado espiritual. Sin embargo, también debemos ser claros y coherentes en la enseñanza de la verdad. La verdad de la Palabra de Dios debe ser el fundamento sobre el cual se edifica la iglesia. Como creyentes, debemos estar dispuestos a compartir y enseñar la verdad en amor, y al mismo tiempo ser pacientes y compasivos con aquellos que aún no han encontrado una relación personal con Dios.
Orar por la salvación y transformación de la gente
En lugar de condenar o juzgar a aquellos que no están verdaderamente convertidos, debemos orar por su salvación y transformación. Solo Dios puede cambiar los corazones y revelarles la verdad de su amor. Nuestra responsabilidad es presentarles el mensaje del evangelio con amor y humildad, confiando en el poder transformador de Dios para obrar en sus vidas.
Formas de sanar después de la división en la iglesia
Cuando la división ya ha ocurrido en la iglesia, es importante buscar la sanidad y la reconciliación. A continuación, se presentan algunas formas prácticas de sanar después de la división:
Vivir de acuerdo con la enseñanza de la Biblia
El primer paso para sanar después de la división es vivir de acuerdo con la enseñanza de la Biblia. Esto implica someter nuestras vidas a la autoridad de Dios y a los principios y valores que se encuentran en su Palabra. Cuando buscamos vivir una vida santa y obediente, estamos abriendo la puerta a la sanidad y la restauración en nuestra relación con Dios y con los demás miembros de la iglesia.
Practicar la humildad
La humildad es clave en el proceso de sanación después de la división. Debemos reconocer nuestras propias faltas y estar dispuestos a pedir perdón y reconciliación. La humildad nos permite abrir nuestro corazón al arrepentimiento y a la restauración, y nos permite recibir la gracia y el perdón de Dios y de nuestros hermanos y hermanas en la fe.
Perdonarse mutuamente
El perdón mutuo es esencial para la sanación después de la división en la iglesia. Debemos estar dispuestos a perdonar a aquellos que nos han herido o traicionado, y también debemos buscar el perdón de aquellos a quienes hemos ofendido. El perdón nos libera del peso de la amargura y la culpa, y abre el camino para la sanidad y la reconciliación en nuestras relaciones.
No buscar nuestros propios intereses
En lugar de buscar nuestros propios intereses, debemos buscar el bienestar de la iglesia en su conjunto. Esto implica renunciar a nuestra propia agenda y estar dispuestos a trabajar juntos por el bien común. Al hacerlo, estaremos construyendo una comunidad de amor y unidad en la iglesia.
Resolver desacuerdos de manera amorosa
Cuando surjan desacuerdos, es importante abordarlos de manera amorosa y respetuosa. Esto implica escuchar las opiniones de los demás, buscar el entendimiento mutuo y trabajar juntos para encontrar soluciones que reflejen los principios y valores de la Palabra de Dios. Al resolver los desacuerdos de manera amorosa, estaremos promoviendo la unidad y la armonía en la iglesia.
Buscar la reconciliación
La reconciliación es el objetivo final en el proceso de sanación después de la división en la iglesia. En lugar de permitir que los resentimientos y las divisiones persistan, debemos buscar activamente la reconciliación con aquellos a quienes hemos herido o que nos han herido. Esto implica ser sinceros y transparentes en nuestras intenciones y estar dispuestos a escuchar y perdonar. Al buscar la reconciliación, estaremos mostrando al mundo el amor de Dios y la unidad que solo puede ser encontrada en Cristo.
Crecer espiritualmente
El crecimiento espiritual es fundamental en el proceso de sanación y restauración después de la división en la iglesia. A medida que nos acercamos a Dios a través de la oración, el estudio de la Palabra y la comunión con otros creyentes, experimentaremos un crecimiento en nuestra fe y seremos fortalecidos para superar los desafíos y las dificultades. El crecimiento espiritual nos permite ver más allá de nuestras propias necesidades y enfocarnos en lo que es realmente importante: la glorificación de Dios y la edificación mutua en la fe.
Centrar la vida en Jesucristo
El centro de nuestra vida como creyentes debe ser Jesucristo. Él es nuestra roca, nuestra salvación y nuestra esperanza. Al centrar nuestra vida en Cristo, nos mantenemos firmes en la verdad y en el propósito que Dios tiene para nosotros como individuos y como iglesia. El apóstol Pablo nos exhorta en Colosenses 2:6-7: «Por eso, de la misma manera que han recibido a Cristo Jesús como Señor, vivan en él, arraigados y edificados en él, confirmados en la fe tal como se les enseñó, rebosantes de gratitud». Al vivir en Cristo, encontraremos la fuerza y la dirección que necesitamos para sanar y encontrar unidad en la iglesia.
La iglesia como un organismo vivo que cumple la voluntad de Dios
Por último, es importante recordar que la iglesia no es simplemente una organización, sino un organismo vivo que cumple la voluntad de Dios en la tierra. La Biblia nos compara con un cuerpo, con Jesucristo como nuestra cabeza. Cada miembro tiene un papel único y valioso en el cuerpo de Cristo, y cuando trabajamos juntos en unidad y amor, podemos cumplir la voluntad de Dios y llevar su amor y su luz al mundo.
Ser conscientes de nuestro propósito como iglesia
Para sanar y encontrar unidad en la iglesia, debemos ser conscientes de nuestro propósito y nuestro llamado como cuerpo de Cristo. Nuestra misión es amar a Dios, amar a los demás y hacer discípulos en todo el mundo. Cuando estamos alineados con esta misión, podemos superar nuestras diferencias y trabajar juntos para cumplir el propósito que Dios tiene para nuestra iglesia.
Buscar la dirección de Dios
En todo momento, debemos buscar la dirección de Dios en nuestras vidas y en la vida de la iglesia. A través de la oración y la comunión con el Espíritu Santo, podemos recibir sabiduría y discernimiento divino para tomar decisiones basadas en la voluntad de Dios. La guía de Dios nos ayudará a superar los desafíos y las divisiones en la iglesia, y nos llevará hacia la unidad y la sanidad que tanto necesitamos.
Perseverar en la unidad y el amor
La unidad y el amor son esenciales en el cuerpo de Cristo. A medida que luchamos por sanar y encontrar unidad después de la división, debemos perseverar en el amor y la unidad. El apóstol Pablo nos exhorta en Efesios 4:3: «Hagan todo lo posible por mantenerse unidos en el Espíritu y por tener la paz que procede de Dios. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como cuando fueron llamados a una misma esperanza». Al perseverar en la unidad y el amor, estaremos reflejando el carácter de Cristo y seremos un testimonio vivo del poder transformador de Dios en nuestras vidas.
Conclusión
La división en la iglesia es un problema serio y desalentador, pero no es insuperable. A través del perdón, la humildad y la búsqueda de la verdad y la reconciliación, podemos sanar y encontrar unidad en la iglesia. Al vivir de acuerdo con la enseñanza de la Biblia y centrar nuestra vida en Jesucristo, podemos crecer espiritualmente y ser fortalecidos para enfrentar los desafíos que enfrentamos como cuerpo de Cristo. La iglesia no es simplemente una organización, sino un organismo vivo que cumple la voluntad de Dios en la tierra. A medida que buscamos la dirección de Dios y perseveramos en la unidad y el amor, seremos un testimonio poderoso del amor y la gracia de Dios para el mundo.