El significado bíblico de Jesús como nuestro Abogado

El papel de un abogado en la sociedad es crucial. Un abogado es aquel profesional que se encarga de representar y defender los intereses de sus clientes ante los tribunales de justicia. Su labor consiste en analizar y estudiar las leyes, buscar los precedentes legales aplicables a cada caso, y argumentar de manera efectiva en favor de sus clientes.

En el contexto bíblico, Jesús es presentado como nuestro Abogado. La palabra «abogado» puede tener varios significados, pero en este artículo nos enfocaremos en su sentido legal, es decir, aquel que defiende y representa a otra persona ante un tribunal. Jesús desempeña este papel de Abogado ante Dios, intercediendo por nosotros y asegurando nuestra salvación.

Jesús como nuestro Abogado: Una perspectiva bíblica

En la Biblia encontramos varios pasajes que nos hablan del papel de Jesús como nuestro Abogado. En 1 Juan 2:1-2, se nos dice: «Hijos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Pero si alguno peca, tenemos a uno que aboga por nosotros ante el Padre, a Jesucristo, el Justo. Él es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros sino también por los de todo el mundo.» Aquí vemos claramente cómo Jesús es presentado como nuestro Abogado ante el Padre, intercediendo en nuestro favor y asegurando la expiación de nuestros pecados.

En Romanos 8:34, Pablo nos dice: «¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.» Jesús no solo abogó por nosotros en el pasado al morir por nuestros pecados, sino que continúa intercediendo por nosotros ante Dios en el presente. Su obra como Abogado no se limita a la cruz, sino que se extiende a cada momento de nuestras vidas.

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El significado de Jesús como nuestro Intercesor

La intercesión de Jesús como nuestro Abogado es fundamental en nuestra relación con Dios. Como seres humanos, somos pecadores y estamos separados de Dios debido a nuestros pecados. Pero gracias a la obra de Jesús en la cruz, recibimos el perdón y la justificación por la fe en él. Jesús, como nuestro Abogado, se presenta ante Dios en nuestro nombre, presentando su obra redentora como base para nuestra reconciliación con Dios.

El libro de Hebreos nos habla ampliamente sobre el papel de Jesús como nuestro Intercesor. En Hebreos 7:25 se nos dice: «Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.» Aquí vemos que Jesús no solo nos salva, sino que también continúa intercediendo por nosotros de manera constante. Su intercesión es perpetua, no se limita a un momento específico, sino que es continua a lo largo de nuestras vidas.

La obra de Jesús como Abogado en la salvación

La obra de Jesús como Abogado es esencial en nuestra salvación. En la Biblia, se nos enseña que todos hemos pecado y estamos separados de Dios. Nuestras buenas obras no pueden salvarnos, porque ninguna obra humana puede cumplir con los altos estándares de justicia de Dios. Pero gracias a la obra de Jesús como nuestro Abogado, podemos recibir el perdón y la justificación por la fe en él.

En Romanos 3:23-24, se nos dice: «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.» Aquí vemos que todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios, pero podemos ser justificados gratuitamente por su gracia a través de la obra redentora de Jesús. Él pagó el precio por nuestros pecados y garantiza nuestra salvación.

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Jesús conoce nuestras debilidades y nos brinda apoyo

Jesús, como nuestro Abogado, conoce nuestras debilidades y tentaciones. Él vivió en este mundo como un ser humano, experimentando las mismas luchas y dificultades que enfrentamos. En Hebreos 4:15-16, se nos dice: «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.»